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9 cosas que hacían los mayores de niños y que ya no enseñamos a nuestros nietos

Niña y abuelo mirando fotos en un banco, mientras niños juegan con bicicleta al fondo en una calle tranquila.

El anciano del parque observaba a un grupo de niños encorvados sobre una tableta y sonrió esa sonrisa que trae la artrosis y los recuerdos largos. Las palomas esperaban migas. Los niños esperaban a que el Wi‑Fi se reconectara. Se apoyó en su bastón, como si pudiera apoyarse en otro tiempo, y dijo en voz baja: «Cuando teníamos su edad, ya habríamos construido una cabaña con esas ramas caídas». Nadie levantó la vista. Nadie supo qué quería decir.

Nos gusta pensar que el mundo «evoluciona», que todo lo que se pierde es algo anticuado.

Pero parte de lo que desapareció era entrenamiento para la vida real.

1. Ir andando al colegio solos y conocer de verdad su barrio

Pregúntale a alguien mayor de 70 sobre ir andando al colegio y fíjate en su cara. Te contará cómo caminaban por la nieve «hasta las rodillas», cómo conocían el atajo detrás de la carnicería, cómo cada acera agrietada era un punto de referencia. Ese paseo diario era más que transporte. Era un curso silencioso de autonomía, geografía y atención al mundo.

Hoy a los niños los dejan en la puerta como paquetes valiosos. Envuelto en seguridad, van perdiendo trocitos de confianza en sí mismos por el camino.

Una profesora jubilada me contó que caminaba dos kilómetros de ida y dos de vuelta desde los siete años. Sabía qué vecinos saludaban, qué perro ladraba, qué panadería abría temprano. Cuando el río se desbordaba, conocía tres rutas alternativas. Nadie la seguía con una app. Si llegaba tarde, tenía que explicar por qué, con palabras de verdad, a adultos de verdad.

Ahora, un número sorprendente de niños de 10 años sabe navegar por el menú de un smartphone, pero no por su propia manzana sin un adulto. Conocen mejor el logo de una app de transporte que el nombre de la calle a tres esquinas de distancia.

Cuando eliminamos esa práctica diaria de caminar y observar, disolvemos en silencio una capa de resiliencia. Los niños no practican calcular distancias, leer expresiones, o resolver pequeños problemas por sí solos. Ganamos seguridad, sí. Pero también criamos generaciones que entran en pánico cuando el GPS falla, o cuando tienen que cruzar solos una plaza desconocida. El intercambio es sutil, pero moldea cómo afrontarán desvíos más grandes en la vida.

2. Arreglar cosas en vez de tirarlas

Pregúntale a cualquier persona mayor por juguetes rotos, y oirás hablar de pegamento, cuerda y la misteriosa caja de tornillos «útiles» en el cobertizo. Antes de que todo viniera sellado en plástico y con garantías rápidas, los niños veían a los adultos reparar sillas, radios, cremalleras y calcetines. Muchos aprendían a hacerlo ellos mismos. Un objeto roto no era una tragedia. Era un pequeño proyecto.

Hoy, muchos niños ven su primera reparación en un puesto de arreglos de móviles en un centro comercial. El gesto de abrir, entender e improvisar casi ha desaparecido de la vida cotidiana.

Imagina a un abuelo en su garaje, una lámpara desmontada sobre el banco de trabajo, y un nieto mirando. En su juventud, habría sido él quien sujetaba el destornillador para su padre. Un cable deshilachado significaba pelar los hilos y volver a retorcerlos juntos. Un botón perdido significaba aprender a coser uno nuevo. No se planteaba tirarlo.

Ahora muchos niños de verdad no saben que la ropa se puede remendar, que la pata floja de una silla se puede apretar, que «roto» no siempre significa «acabado». Han crecido en un mundo donde las cosas llegan en cartón, viven poco y desaparecen en una bolsa negra.

Reparar enseña paciencia, resolución de problemas y respeto por los materiales. También enseña que no estás indefenso ante un pequeño desastre. Seamos sinceros: nadie hace esto todos los días sin excepción. Pero cuando los niños no lo ven nunca, se pierden un mensaje silencioso y potente: que pueden remangarse y cambiar el resultado de algo que ha salido mal.

3. Jugar fuera hasta que anocheciera sin actividades estructuradas

Para muchas personas mayores, las tardes de la infancia olían a hierba y polvo. Sin entrenadores, sin horarios, sin equipamiento especializado. Solo una pelota, un palo, una cuerda y las farolas marcando el toque de queda no oficial. Aprendían a inventar juegos, negociar reglas y soportar el aburrimiento hasta que se transformaba en imaginación.

Hoy, el tiempo de la mayoría de los niños está cortado en rebanadas: clases, clubes y actividades «enriquecedoras». El juego libre al aire libre se encoge. El espacio donde los niños aprenden a liderar, a seguir y a discutir sin árbitros adultos se vuelve peligrosamente fino.

Una mujer de más de ochenta años me dijo una vez: «Nuestras madres no sabían exactamente dónde estábamos entre las cuatro y las siete, pero sabían más o menos en qué campo». En ese espacio borroso del «más o menos», los niños construían bases secretas, inventaban lenguajes y se raspaban las rodillas. Una pelota perdida era una expedición. Un niño nuevo en la calle era una misión diplomática. Volvían a casa cuando el cielo se ponía morado y salía la primera estrella, con las mejillas encendidas y las historias desbordando.

Ahora les mandamos un mensaje para que entren desde el patio. Su mundo es más pequeño, incluso cuando sus pantallas son grandes.

El tiempo al aire libre sin estructura enseña a navegar el caos social: quién empieza, cómo pedir perdón, cuándo apartarse. También enseña el riesgo, en dosis pequeñas y manejables. Cuando cada minuto está vigilado, los niños no practican esa autoorganización desordenada y maravillosa. Más tarde, pueden tener dificultades para arrancar un proyecto si no hay un guion. Saben seguir instrucciones. Están menos acostumbrados a escribirlas.

4. Manejar dinero como monedas y billetes reales

Pregúntale a un abuelo por su primera paga y verás cómo se endereza con orgullo. Quizá fueron unas monedas ganadas ayudando en una granja, repartiendo periódicos o haciendo recados para un vecino. Sentían el peso del dinero en la mano. Lo contaban y recontaban antes de gastarlo. Los números no eran solo dígitos en una pantalla brillante. Eran prueba tintineante del esfuerzo.

Muchos niños hoy saben acercar una tarjeta mucho antes de saber calcular el cambio. El dinero se siente abstracto, como puntos en un videojuego.

Un contable jubilado me contó que su padre le pagaba una pequeña cantidad por quitar malas hierbas del jardín. El pago era en monedas, que dejaba caer en un tarro viejo de mermelada que guardaba en una estantería. Los domingos las volcaba, las alineaba, las agrupaba y planeaba qué podía comprar en la tienda de la esquina. Una vez contó mal y se quedó corto en la caja. La vergüenza escoció. La lección se quedó.

Ahora, los padres a menudo transfieren dinero con el móvil y dicen: «No te lo gastes todo por internet». La mano no toca el valor. El cerebro no registra del todo la ganancia y la pérdida.

Manejar dinero real construye no solo habilidades matemáticas, sino inteligencia emocional sobre gastar y esperar. Los niños aprenden el fuego lento del ahorro frente a la chispa rápida del impulso. Cuando todo es «un clic», esa negociación interna se debilita. Nos sorprendemos cuando los adolescentes acumulan compras digitales. Y, sin embargo, rara vez les enseñamos a sentir la diferencia entre números virtuales y algo ganado con esfuerzo que se les escapa de los dedos en un mostrador.

5. Hacer tareas reales de casa que de verdad importaban

Muchas personas mayores crecieron en hogares donde la ayuda de los niños no era simbólica. Era necesaria. Ir a por agua, tender la ropa, pelar patatas, cuidar de hermanos pequeños. No eran «tablas de responsabilidades» con pegatinas en la nevera. Era simplemente la vida. La familia funcionaba mejor porque todos, incluso el más pequeño, aportaban algo concreto.

Hoy, muchos niños tienen «tareas» que pueden ignorarse sin consecuencias reales. Los padres rehacen el trabajo en silencio cuando los niños duermen. El mensaje se filtra: tu contribución es opcional.

Conocí a un hombre que empezó a subirse a un taburete para fregar los platos a los seis años. Su madre trabajaba a turnos; la limpieza después de cenar no podía esperar. Recuerda el agua caliente, el miedo a romper un plato, la satisfacción de ver el fregadero vacío. Con 10 años, podía cocinar comidas básicas para sus hermanos. No era idílico. A veces era injusto. Pero moldeó cómo se comportó de adulto.

Compáralo con un niño cuya única tarea habitual es «recoge tu cuarto… cuando te apetezca». No es lo mismo.

Las tareas con sentido no van de convertir a los niños en trabajadores no pagados. Van de darles una sensación palpable de poder y responsabilidad en su propia casa. Un niño que sabe que la cena familiar depende en parte de él camina distinto por el mundo. Cuando lo quitamos, solemos compensarlo con palabras: «Eres muy capaz, muy responsable». Palabras que flotan, sin la prueba diaria y mundana debajo.

6. Escribir cartas a mano y esperar respuesta

Pregúntale a la gente mayor por sus primeras cartas de amor y verás una ternura específica en sus ojos. El papel, la tinta, la espera junto al buzón. Escribir cartas solía ser una parte natural de crecer. Los niños escribían a primos lejanos, amigos del campamento de verano, abuelos en otra ciudad. Aprendían cómo empezar, cómo terminar, cómo rellenar el medio con algo que mereciera la pena leer.

Ahora los niños envían mensajes rápidos, emojis o snaps que desaparecen. El baile lento del pensamiento sobre el papel casi ha desaparecido.

Una enfermera jubilada me enseñó una caja de zapatos llena de cartas de su infancia. Notas de una amiga del colegio que se mudó. Sobres decorados con cuidado. Algunas páginas con manchas de lágrimas. Aprendió a explicar su día, a describir sentimientos sin imágenes ni filtros. Esperaba días, a veces semanas, para recibir respuesta. La distancia le enseñó paciencia, y la escritura le enseñó a escuchar sus propios pensamientos antes de compartirlos.

Hoy, si una respuesta no llega en minutos, se siente como silencio. Amistades enteras viven y mueren dentro de los dobles checks azules.

Escribir una carta a mano enseña claridad, empatía y la fuerza de unas palabras que no se pueden retirar. También enseña que las relaciones requieren cuidado, no solo reacción. Cuando nos saltamos esto, muchos jóvenes crecen fluidos en ráfagas cortas pero incómodos con la profundidad. Saben comentar. Les cuesta contar de verdad su propia historia en una página, sin tecla de borrar.

7. Gestionar el aburrimiento sin una pantalla

Pregúntale a cualquier persona mayor por los domingos lluviosos y recordará largos ratos con «nada que hacer». Sin plataformas de streaming. Sin scroll infinito. Dibujaban, leían el mismo tebeo por décima vez, reordenaban coches de juguete, miraban al techo hasta que su propia mente se volvía entretenida. El aburrimiento era desagradable, pero también fértil.

Todos hemos estado ahí: ese momento en que un niño dice «me aburro» y la mano va automática a por un dispositivo.

Un abuelo me contó el verano que pasó en la granja de su tía sin otros niños alrededor. Los primeros días parecían interminables. Para la segunda semana, había convertido un montón de madera vieja en barquitos para el arroyo, inventado historias para las vacas y leído cada etiqueta de la despensa por pura desesperación. Su imaginación se hizo más ruidosa cuando el mundo se hizo más silencioso.

Ahora, unos segundos de espera en una cola bastan para activar una pantalla. La incomodidad superficial del aburrimiento no tiene tiempo de madurar en curiosidad.

El aburrimiento es como un músculo. Cuando los niños nunca lo ejercitan, se convierten en adultos que no soportan el silencio, que necesitan distracción permanente para mantenerse a flote. Enseñar a los niños a atravesar «no pasa nada» sin entretenimiento instantáneo quizá sea una de las habilidades más impopulares e «inenseñables». Y, sin embargo, podría ser la que más proteja su salud mental en un mundo ruidoso y rápido.

8. Resolver pequeños conflictos sin árbitros adultos

Las generaciones anteriores recuerdan discusiones en el patio de recreo que nunca llegaron a oídos de un adulto. Alguien estaba «eliminado», alguien hacía trampas a las canicas, alguien empujaba demasiado fuerte. Subían las voces, quizá había algún empujón, y poco a poco, torpemente, el grupo encontraba un compromiso o cambiaba el juego. No era bonito. Era práctica para la vida real.

Hoy, muchos desacuerdos se escalan hacia arriba de inmediato. Un padre, un profesor o un entrenador interviene, decide lo que está bien y lo que está mal, y restablece las reglas. Los niños ganan seguridad. Pierden un taller de negociación.

Un hombre de casi ochenta años se reía al recordar horas de discusión sobre quién podía ser el «capitán» en partidos de fútbol improvisados. ¿El mayor? ¿El mejor jugador? ¿El que traía la pelota? Probaban todos los sistemas. A veces se iban enfadados, solo para volver cuando el aburrimiento vencía al ego. Aprendían dónde estaban sus límites y dónde podían ceder. Ningún adulto escribió un reglamento.

Ahora, a la primera lágrima, el juego a menudo termina o interviene una autoridad. El conflicto se convierte en algo que evitar, no en algo que gestionar.

Aprender a manejar pequeños conflictos sin ayuda no significa aceptar acoso o violencia. Significa dar a los niños micro-situaciones donde sientan la tensión del desacuerdo y experimenten con palabras, acuerdos e incluso con irse. Cuando eliminamos toda esa incomodidad, criamos jóvenes que o bien explotan ante el primer «no», o se quedan paralizados porque rara vez se les permitió practicar el punto medio.

9. Que se confíe en ellos para asumir pequeños riesgos

Pregúntale a una persona mayor por lo más arriesgado que hizo de niño y te hablará de trepar a árboles demasiado altos, ir en bici sin casco por cuestas empinadas, encender una hoguera, ir a pescar solo al amanecer. ¿Era seguro? No según los estándares actuales. Pero en esos momentos aprendían a medir su propio miedo, a sentir su cuerpo, a saborear la consecuencia.

Hoy, a menudo los niños están envueltos en espuma, física y emocionalmente. La intención es amor. El efecto secundario es fragilidad.

Una abuela me contó que, con 12 años, le dejaban coger el tren sola para visitar a una tía en otro pueblo. Se memorizó el nombre de la estación, comprobó el andén dos veces, apretó el billete como un tesoro. Un desconocido intentó hablarle; ella sabía, por las charlas con su padre, cuándo sonreír y cuándo apartarse. Ese viaje se convirtió en un hito: «el día que viajé sola».

Compáralo con un adolescente actual que nunca ha pedido comida por sí mismo, nunca ha hablado con un desconocido si no había un adulto a tres pasos.

Confiar en los niños para asumir riesgos pequeños y calculados no significa negligencia. Significa entrenamiento. Les enseña que el mundo puede ser peligroso y que pueden aprender a moverse en él, no solo a estar protegidos de él. Cuando cada riesgo se externaliza a un adulto, llegan a los 18 con un calendario lleno de logros y un corazón que aún se siente infantil ante una puerta sin cerrar y una calle oscura.

Lo que estas nueve lecciones perdidas se llevaron en silencio

Si miras de cerca, verás el mismo hilo en todos estos recuerdos: práctica. Las personas mayores no se hicieron «duras» o «sabias» de la noche a la mañana. Sus infancias estaban llenas de pequeñas repeticiones diarias: que confiaran en ellos, que los necesitaran, aburrirse, asustarse, equivocarse… y volver a intentarlo al día siguiente.

Cambiamos muchas de esas repeticiones por comodidad, rapidez y control. La conveniencia seduce. Un trayecto en coche es más fácil que caminar. Sustituir es más rápido que reparar. Una serie en streaming es más tranquila que un niño dando vueltas por casa quejándose de aburrimiento.

Sin embargo, cuando escuchas a las personas mayores, lo que echan de menos no es la falta de tecnología. Echan de menos la sensación de pertenecer a su propia vida. Eran dueños de sus rutas, sus herramientas, sus tareas, sus peleas, sus riesgos. Esa propiedad construyó una columna vertebral interna.

La pregunta no es si podemos volver atrás. No podemos. La pregunta es qué gestos antiguos reintroducimos en silencio, en pequeñas dosis, para que nuestros nietos no crezcan técnicamente brillantes pero extrañamente frágiles. La respuesta probablemente esté menos en grandes teorías y más en esas pequeñas oportunidades diarias de decir: «Puedes hacerlo tú. Yo estoy aquí. Pero primero lo intentas tú».

Punto clave Detalle Valor para el lector
Autonomía cotidiana Ir andando al colegio, manejar dinero, hacer tareas reales Ideas para aumentar con suavidad la confianza y la responsabilidad de tu hijo
Resolución de problemas práctica Reparar objetos, gestionar el aburrimiento, resolver conflictos Formas concretas de reducir la dependencia de pantallas y adultos
Exposición segura al riesgo Juego al aire libre, pequeños trayectos independientes, retos con confianza Marco para criar niños resilientes y menos ansiosos

Preguntas frecuentes (FAQ):

  • Pregunta 1: ¿De verdad son relevantes estas habilidades «de antes» en un mundo digital? Sí. La tecnología cambia, pero capacidades básicas como resolver problemas, gestionar el riesgo y manejar emociones siguen siendo las mismas. Estas habilidades se adaptan a cualquier siglo.
  • Pregunta 2: ¿Esto significa que deberíamos criar a los niños exactamente como antes? No. El objetivo no es la nostalgia. Es tomar lo que aún funciona -más confianza, más práctica- y mezclarlo con la realidad actual.
  • Pregunta 3: ¿Cómo empiezo si mi hijo depende mucho de las pantallas? Empieza con cambios mínimos: una hora semanal sin pantallas para aburrirse, una tarea real que de verdad importe, un paseo corto en el que él marque el camino.
  • Pregunta 4: ¿Y las preocupaciones de seguridad que antes no existían? Los riesgos ahora son distintos, así que los límites deben adaptarse. La idea no es eliminar todo riesgo, sino elegir retos pequeños y supervisados en lugar de cero retos.
  • Pregunta 5: Mis propios padres eran estrictos. Me da miedo repetir eso. ¿Cómo encuentro equilibrio? Sustituye la dureza por colaboración. Explica por qué das más responsabilidad, mantente cerca y comentad después lo que ha pasado. El tono pasa de «tienes que» a «vamos a ver qué puedes manejar».

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