Ahora Pekín está cerrando el grifo, y la factura está llegando.
El fin repentino de las baterías de litio chinas ultrabaratas está dejando al descubierto hasta qué punto Europa y Estados Unidos interpretaron mal la transición energética. Durante años, gobiernos y gigantes tecnológicos externalizaron la parte difícil -materias primas, fábricas, know-how- a China. Ahora que los costes suben y los controles se endurecen, no hay un plan B listo para tomar el relevo.
Se acabó la fiesta de las baterías de saldo
En la industria de las baterías, la guerra de precios de China por fin está perdiendo fuelle. Tras aproximadamente tres años de competencia brutal, en los que vender con pérdidas o casi con pérdidas era una práctica casi estándar, los principales fabricantes están empezando a subir los precios.
Un gran proveedor, Deegares, habría iniciado una subida del 15% y se espera que otros sigan el mismo camino. Los analistas dicen que esto marca el final de un periodo que describen como “involución”: empresas incrementando sin parar la capacidad mientras los márgenes desaparecían, amenazando al sector desde dentro.
El cambio tiene un detonante claro. Los precios del litio han repuntado alrededor de un 70% desde su mínimo reciente. Ese rebote no es un fallo del mercado. Sigue el rastro de una demanda disparada por dos usos de rápido crecimiento: enormes centros de datos dedicados a la inteligencia artificial y baterías a escala de red que respaldan la energía solar y eólica.
Pekín también ha intervenido. El Ministerio de Industria de China ha dicho a los actores del sector que pongan fin a lo que denomina “competencia irracional” y estabilicen el mercado. Es un cambio de tono notable tras años de hipercrecimiento.
En solo tres años, los precios de las baterías de almacenamiento de energía en China cayeron alrededor de un 80%, una bajada tan brusca que la supervivencia dependía de las ventas al extranjero.
Ese desplome de precios inundó los mercados globales de celdas baratas. Los compradores occidentales se beneficiaron, pero los productores locales apenas podían competir. Ahora que China quiere beneficios en lugar de volumen a cualquier precio, Occidente está descubriendo cuántas pocas alternativas tiene en realidad.
La adicción de la IA a las baterías está aumentando la palanca de Pekín
La historia de las baterías no puede separarse de la IA. Entrenar y ejecutar grandes modelos de IA devora electricidad. También lo hacen los sistemas de refrigeración necesarios para evitar que los bastidores de chips se sobrecalienten. Ese apetito energético está empujando a los operadores de red y a las tecnológicas hacia enormes granjas de baterías.
China se sitúa justo en el centro de este cambio. En 2025, los exportadores chinos enviaron baterías de litio por valor de más de 69.000 millones de dólares. Una parte importante fue a Europa y Norteamérica para almacenamiento en red y sistemas de respaldo para centros de datos.
Cada nuevo centro de datos de IA necesita energía garantizada. Cuando el viento o el sol bajan, las baterías entran en acción en milisegundos. Eso convierte el almacenamiento en baterías en una tecnología estratégica, no solo en otro componente industrial.
Los gigantes tecnológicos lo saben. Google ya ha instalado más de 100 millones de celdas de iones de litio en su infraestructura. Microsoft ha anunciado planes para sustituir todos sus generadores diésel por baterías antes de 2030. Las baterías están pasando de los márgenes del sistema a su núcleo.
El problema es que, por ahora, casi todas esas baterías vienen de un solo lugar.
En 2024, China produjo alrededor del 99% de las celdas LFP (litio-ferrofosfato) del mundo y controló la mayor parte del refinado de litio y grafito.
Fatih Birol, director de la Agencia Internacional de la Energía, ha advertido que depender de un solo país para una tecnología tan estratégica recuerda a la antigua dependencia excesiva de Europa del gas ruso. El paralelismo es difícil de ignorar: mientras una dependencia se reduce, otra se consolida.
China, de fábrica de bajo coste a «electroestado»
Este dominio no es accidental. Es el resultado de una estrategia industrial a largo plazo. Bajo el plan “Made in China 2025”, Pekín impulsó una enorme inversión en baterías, vehículos eléctricos y la minería upstream necesaria para fabricarlos.
Las empresas chinas controlan ahora casi toda la cadena, desde la extracción y el procesado de grafito y litio hasta la fabricación de celdas y el ensamblaje final de packs. El país se ha convertido en lo que algunos analistas califican como el primer “electroestado”: una potencia basada no en el petróleo y el gas, sino en la capacidad de gestionar electrones y almacenarlos a gran escala.
Esa integración vertical da a China varias ventajas:
- Mayor control sobre costes y suministro
- Despliegue más rápido de nuevas químicas y métodos de producción
- Capacidad de presión en negociaciones comerciales sobre tecnologías verdes
- Resiliencia frente a shocks en los precios de materias primas
Para los rivales occidentales, intentar igualar esta estructura a posteriori es una tarea titánica.
Respuesta occidental: dinero, minas y fábricas para ponerse al día
Ante el riesgo de quedar atados durante décadas a las baterías chinas, Estados Unidos y Europa están reaccionando a la desesperada. Washington ha volcado miles de millones en subvenciones y créditos fiscales para plantas de baterías y materias primas con leyes como la Inflation Reduction Act. Bruselas impulsa apoyos similares mediante sus planes de industria Net-Zero.
Grandes petroleras como Exxon y Chevron han empezado a entrar en la extracción de litio, con la esperanza de convertir su experiencia en proyectos de recursos a gran escala en una posición en la economía de las baterías. Varias empresas de automoción y energía están cofinanciando “gigafábricas” en Estados Unidos, Alemania, Francia y el Reino Unido.
La nueva política busca garantizar que al menos una parte de las baterías de los futuros vehículos eléctricos y de la red se fabriquen con materiales locales, por trabajadores locales y bajo normas locales.
Aun así, el camino es largo. Las normas medioambientales en Europa y Norteamérica ralentizan nuevas minas y plantas de procesado. Los costes laborales son más altos. Los productores locales carecen de la escala y de la seguridad de suministro de la que disfrutan los incumbentes chinos.
Por qué las alternativas siguen siendo escasas
Pese a años de hablar de almacenamiento “de nueva generación”, pocas tecnologías pueden hoy superar al ion-litio chino en coste, escala y madurez. Las celdas de sodio-ion están emergiendo, pero siguen siendo de nicho. Las baterías de flujo, el almacenamiento por aire comprimido y los sistemas térmicos tienen su papel en proyectos específicos, pero ninguno ha igualado el impulso manufacturero del litio.
Parte del problema es el calendario. Mientras los gobiernos occidentales debatían objetivos y hojas de ruta, las empresas chinas ya estaban construyendo plantas a escala gigafactoría y asegurando contratos de materias primas en África, América Latina y Australia. Las químicas competidoras tuvieron dificultades para atraer respaldo frente a un incumbente tan rápido.
Qué significa esta dependencia para la seguridad energética
Depender de las baterías de un solo país conlleva riesgos claros. Las tensiones comerciales podrían interrumpir el suministro. Los controles de exportación sobre materiales o tecnologías clave podrían ralentizar proyectos occidentales de energía limpia. Subidas repentinas de precios podrían afectar a todo, desde coches eléctricos hasta baterías domésticas y centros de datos corporativos.
También hay un ángulo político. Los países que intentan abandonar los combustibles fósiles podrían verse presionados no a través de gasoductos, sino mediante envíos de baterías y contratos minerales. La autonomía estratégica en energía se está reescribiendo para una era definida por el almacenamiento más que por el combustible.
| Aspecto | Dependencia antigua (petróleo y gas) | Nueva dependencia (baterías) |
|---|---|---|
| Principales proveedores | Rusia, países de la OPEP | China y mineras respaldadas por China |
| Activo clave | Gasoductos, petroleros | Gigafábricas, refinerías, derechos mineros |
| Vulnerabilidad | Cortes de suministro, shocks de precios | Controles de exportación, embargos tecnológicos, subidas de precios |
| Reto de transición | Pasar de fósiles a renovables | Pasar de importaciones a fabricación local |
Conceptos clave detrás del pulso por el poder de las baterías
Dos términos aparecen con frecuencia en este debate: LFP y almacenamiento de energía. LFP significa litio-ferrofosfato, una química utilizada en muchas baterías de red y en un número creciente de vehículos eléctricos. Las celdas LFP son más baratas, no usan níquel ni cobalto y duran más en ciclos diarios, lo que las hace atractivas para almacenamiento estacionario. El control casi total de China sobre la fabricación de LFP es una parte importante de su palanca.
El almacenamiento de energía abarca todas las tecnologías capaces de capturar energía ahora y liberarla después. En redes modernas cargadas de renovables intermitentes, el almacenamiento equilibra oferta y demanda. Sin él, la solar y la eólica obligarían a apagones frecuentes o a depender constantemente de centrales de gas. Por eso las baterías están pasando de “algo deseable” a “innegociable” en la planificación energética.
Posibles escenarios si no aparece una alternativa real
Si Occidente no logra construir una cadena de suministro creíble, varios desenlaces parecen realistas.
Primero, los gobiernos pueden verse obligados a aceptar un despliegue más lento de vehículos eléctricos y proyectos de almacenamiento cuando suba el precio de las baterías o se endurezca el suministro. Los objetivos climáticos serían más difíciles de alcanzar. Segundo, podrían escalar las tensiones sobre normas comerciales, subvenciones y propiedad intelectual a medida que las empresas nacionales pidan protección frente a importaciones chinas más baratas.
Un escenario más optimista contempla un ecosistema diversificado: importaciones chinas para algunos segmentos, producción local para usos críticos como infraestructuras militares y centros de datos sensibles, y tecnologías emergentes como el sodio-ion o el almacenamiento de larga duración cubriendo huecos específicos. Esa mezcla no eliminaría la dependencia, pero podría limar sus aristas más cortantes.
Implicaciones prácticas para la vida diaria y los negocios
Para los hogares, este pulso afecta al precio y la disponibilidad de baterías para autoconsumo solar, vehículos eléctricos e incluso a la factura de la luz. Si los proyectos de almacenamiento se retrasan o se cancelan, las redes pueden apoyarse más en centrales de gas, manteniendo los precios volátiles y las emisiones altas.
Para las empresas, especialmente en tecnología e industria pesada, el acceso a baterías se está convirtiendo en una cuestión estratégica al nivel del suministro de chips. Los operadores de centros de datos ya incluyen contratos de baterías al planificar nuevas ubicaciones. Los fabricantes de automóviles firman acuerdos a diez años con proveedores de celdas para evitar quedarse sin componentes.
Inversores y responsables políticos están empezando a tratar las baterías menos como otro artilugio verde y más como infraestructura, más cercana a los ferrocarriles o las telecomunicaciones. Ese cambio de mentalidad podría por fin empujar a los países occidentales a pasar de reaccionar ante la estrategia de China a construir una propia.
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