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Desde el 22 de enero subirán las pensiones, pero solo para quienes presenten un certificado. Muchos protestan por la injusticia, ya que no tienen acceso a internet para conseguirlo.

Personas mayores en clase de informática, una mujer escanea un documento con su móvil.

En una gris mañana de martes, la cola delante de la oficina local de pensiones ya se desborda hacia la acera. Abrigos viejos de lana, bolsas de plástico de la compra usadas como carpetas para documentos, gente apoyada en bastones y en muros de hormigón. Dentro, un vigilante de seguridad repite la misma frase cada dos minutos: «Tiene que hacerlo por internet, caballero; ya no aceptamos papel». Un antiguo trabajador de fábrica agita en el aire una carta arrugada. La famosa carta que dice que su pensión subirá a partir del 22 de enero… pero solo si se presenta, a través del portal, un certificado que falta.
Sin smartphone. Sin impresora. Sin tener ni idea de qué es siquiera un «portal».
Los rostros se tensan. Las voces suben. El enfado es discreto al principio, luego ya no tanto.
En algún punto entre las luces fluorescentes y la máquina de turnos averiada, se siente: así es como se ve la injusticia administrativa, de cerca.

Las pensiones suben el 22 de enero… pero solo para los «conectados»

A partir del 22 de enero, las pensiones subirán para miles de jubilados. Sobre el papel suena a buena noticia, casi a una pequeña victoria tras meses de inflación en la caja del supermercado. Sin embargo, este aumento trae una trampa escondida en la letra pequeña. Para cobrar realmente esos euros extra, muchos jubilados deben subir a una plataforma online un certificado de fe de vida o de residencia que falta.
Quienes no lo hagan, o no puedan hacerlo, simplemente verán cómo el dinero desaparece en un agujero negro administrativo.
La norma parece sencilla cuando se lee en un PDF. Se siente cruel cuando estás en la cola a las 7:45.

Pensemos en María, 78 años, que trabajó toda su vida como limpiadora y aún vive en el mismo piso pequeño al que se mudó en los años ochenta. Recibió la carta sobre la subida de la pensión, la leyó tres veces y aun así no entendió qué se suponía que tenía que hacer. «Tienes que subir el certificado en tu cuenta», le dijo su nieto por teléfono, ya en el autobús hacia su segundo trabajo. Ella no tiene ordenador, solo un móvil de tapa polvoriento que apenas envía SMS.
Así que cogió el autobús al otro lado de la ciudad hasta la oficina de pensiones, agarrando el certificado en papel. En el mostrador le dijeron: «Lo siento, aquí ya no tramitamos esto. Tiene que hacerse online». Se fue con los ojos rojos y con la carta tan doblada que se rompió.

Esto es el choque de dos tiempos. Por un lado, una administración que corre hacia la digitalización total, las comprobaciones automatizadas y los expedientes sin papel. Por otro, una generación que creció con formularios escritos a mano y sellos del ayuntamiento, no con inicios de sesión y contraseñas. Cuando las autoridades dicen: «Solo tiene que subir el certificado que falta», hablan como si todo jubilado tuviera internet de alta velocidad, un escáner y un sobrino que trabaje en informática. Esa fantasía se desmorona en cuanto hablas con quienes hacen cola frente a las oficinas del Estado o llaman desde pueblos donde el wifi se cae cada diez minutos.
Ahí es donde la indignación, en silencio, se transforma en la sensación de que te están expulsando de tus propios derechos.

Cómo pueden los jubilados intentar escapar de la trampa digital

Todavía hay formas de saltar este muro digital, pero a menudo requieren una energía que muchos jubilados ya no tienen. La primera es encontrar a una «persona puente» que pueda acceder a internet: un hijo, un vecino, incluso la mujer de la biblioteca local que sabe escanear un documento. Conviene guardar la carta sobre la subida de la pensión, aunque resulte humillante tener que enseñarla por ahí.
Un paso práctico es reunir todos los papeles que puedan pedir: DNI, cartas anteriores de la pensión, justificante de domicilio, el certificado que falta… y llevarlos a un trabajador social o a los servicios sociales municipales.
Muchos ayuntamientos organizan ya «puntos de ayuda digital» donde un empleado se sienta contigo y rellena el formulario online por ti.

Por supuesto, no todo el mundo quiere pedir ayuda. El orgullo es una cosa terca, sobre todo en personas que pasaron décadas cotizando sin faltar ni un mes. Muchos jubilados dicen: «No quiero molestar a mis hijos» o «Ya trabajan demasiado». Entonces la carta se queda encima de la mesa, debajo del salero o de un montón de cupones, y el plazo se va acercando.
Seamos sinceros: nadie lee todas las cartas administrativas el mismo día que llegan.
El riesgo es esperar demasiado y luego llamar al teléfono de atención de pensiones para que te digan que el sistema ya ha bloqueado el aumento. Llamar tres veces, obtener tres respuestas distintas y que nadie asuma la responsabilidad. Así es como la gente se siente empujada al silencio.

Algunas asociaciones y sindicatos han empezado a alzar la voz. A esto lo llaman «discriminación digital contra los jubilados», porque crea dos categorías: quienes pueden hacer clic y quienes no. En un centro comunitario de un pueblo pequeño, un voluntario lo explica con palabras directas:

«O ayudamos a los jubilados sin acceso a internet a presentar estos certificados, o aceptamos que una parte simplemente perderá el dinero al que tiene derecho. Es así de brutal.»

El mismo voluntario ha pegado en la puerta un aviso escrito a mano:

  • Trae tu carta de pensión y tu DNI
  • Ven con una persona de confianza si puedes
  • Escaneamos y enviamos gratis los certificados que faltan
  • Apuntamos tu usuario y contraseña en papel si hace falta
  • Guardamos una copia de todo en una carpeta sencilla con tu nombre

Nada de esto es alta tecnología, pero salva dinero real… y dignidad.

La indignación detrás de los formularios y lo que esto dice de nosotros

Detrás de esta historia de certificados que faltan y del 22 de enero hay algo más grande que un fallo técnico. Cuando una administración decide trasladar un proceso entero a internet sin una alternativa real, decide en silencio quién se quedará atrás. Personas que ya no conducen, que viven solas, que tienen manos temblorosas y no pueden teclear en una pantalla diminuta, que no pueden leer letra pequeña… básicamente se les dice: adáptate o pierdes.
Muchos jubilados usan la misma palabra cuando les preguntas cómo se sienten: injusticia. No solo por el dinero, sino por el respeto. Por sentirse tratados como una carga que hay que automatizar y apartar, en lugar de como ciudadanos con derechos que ya han pagado durante toda una vida.

Todos hemos pasado por ese momento: mirar una web que no carga, un formulario que no acepta una respuesta perfectamente válida, una contraseña que otra vez has olvidado. Ahora imagina ese mismo momento a los 80, con la vista fallando y una pensión que apenas cubre el alquiler. El estrés de pelearse con una interfaz fría y poco útil se suma a la ansiedad de no saber si tu pensión subirá de verdad este mes.
Para muchos, no se trata solo de acceso a internet. Se trata de sentirse fuera de la puerta de un sistema que financiaron con décadas de trabajo. Una puerta que ahora solo se abre con una contraseña.

Hay una frase, simple y verdadera, en el centro de todo esto: «Si no creas soluciones presenciales reales, estás castigando a quienes más ayuda necesitan.» La indignación no viene solo de los jubilados; la comparten sus hijos y nietos, que ven a sus padres reducidos a pedir un código o una impresión. Algunos llaman a radios locales, otros publican mensajes furiosos en redes sociales, señalando lo absurdo de exigir certificados online a gente que apenas sabe qué es una app.
Esta ola de pequeñas injusticias cotidianas es difícil de fotografiar, pero moldea la confianza en las instituciones más que cualquier discurso o rueda de prensa.

Punto clave Detalle Valor para el lector
Condición oculta La subida de la pensión desde el 22 de enero a menudo depende de presentar online un certificado que falta Ayuda a entender por qué los pagos pueden no subir como se anunció
Alternativas presenciales Ayuntamientos, servicios sociales, bibliotecas y asociaciones locales pueden enviar documentos por ti Ofrece lugares concretos a los que acudir si tú o un familiar no tenéis acceso a internet
Presión colectiva Plantear el problema a sindicatos, medios locales y cargos electos puede llevar a excepciones o ampliaciones de plazo Muestra cómo convertir la frustración personal en una acción útil

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • Pregunta 1: ¿Todos los jubilados deben presentar un certificado que falta para la subida de la pensión del 22 de enero?
    Respuesta 1: No, solo afecta a quienes recibieron una carta o notificación específica solicitando una fe de vida, un certificado de residencia u otro documento pendiente. Si no has recibido nada, es posible que tu situación ya esté actualizada.
  • Pregunta 2: ¿Qué puedo hacer si no tengo internet en casa?
    Respuesta 2: Puedes ir al ayuntamiento, a una oficina de servicios sociales, a una biblioteca pública o a una asociación local. Muchos disponen de ordenadores con internet y personal que puede ayudarte a escanear y subir el certificado requerido.
  • Pregunta 3: ¿Puedo enviar el certificado por correo postal en lugar de online?
    Respuesta 3: Algunos organismos de pensiones aún aceptan correo postal; otros solo admiten envíos online. Llama al número que aparece en tu carta y pregunta explícitamente si se permite el correo postal; si lo intentas, conserva el justificante de envío.
  • Pregunta 4: ¿Qué pasa si se me pasa el plazo para subir el certificado?
    Respuesta 4: En muchos casos, la subida se bloquea o se retrasa hasta que el certificado se recibe y se tramita. Normalmente no pierdes el derecho a tu pensión base, pero el aumento puede posponerse varios meses.
  • Pregunta 5: ¿Cómo pueden ayudar las familias a los mayores que se sienten desbordados?
    Respuesta 5: Ofréceles leer las cartas con ellos, crear y guardar de forma segura las credenciales de su cuenta online, y acompañarles a servicios de ayuda digital si hace falta. La clave es no dejarles solos ante instrucciones confusas y plazos ajustados.

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