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La humanidad produce 952 toneladas de hormigón cada segundo y los australianos podrían tener una nueva forma de reducir su huella de carbono.

Hombre con chaleco y casco vertiendo arena en una hormigonera en obra al aire libre.

That material is concrete, poured by the gigatonne and now targeted by Australian researchers who think a battery waste product could turn this climate problem-child into something noticeably cleaner.

El problema silencioso del hormigón: 952 toneladas cada segundo

El hormigón es la columna vertebral de la vida moderna. Sostiene rascacielos, autopistas, presas, puertos y las viviendas en las que vive la mayoría de nosotros.

Usamos alrededor de 30.000 millones de toneladas al año. Eso equivale a unas 952 toneladas cada segundo.

La magnitud es difícil de asimilar. Cada segundo, el equivalente a varios camiones totalmente cargados de hormigón se mezcla, se bombea o se vierte en algún lugar de la Tierra.

El coste ambiental es enorme. La mayor parte del hormigón depende del cemento Portland, cuya producción consume mucha energía y libera dióxido de carbono de forma química a partir de la caliza.

El hormigón representa alrededor del 8% de las emisiones globales de CO₂, más que la aviación y el transporte marítimo juntos.

A esas emisiones se suman la extracción en canteras, el transporte y la destrucción de hábitats naturales. El hormigón se ha convertido en un símbolo del dominio humano sobre la naturaleza y del daño que ese dominio puede causar.

El giro australiano: convertir residuos del litio en hormigón “verde”

En Australia, un equipo liderado por el profesor Aliakbar Gholampour en la Universidad de Flinders abordó el problema desde un ángulo poco habitual.

Plantearon una pregunta sencilla: ¿podría una industria sucia ayudar a limpiar otra?

El foco de su estudio es el litio, el metal ligero que está en el corazón de la mayoría de las baterías modernas, desde coches eléctricos hasta almacenamiento a escala de red.

¿Qué es la β‑espodumena deslitificada y por qué importa?

El litio no aparece en la naturaleza como un metal brillante. Se extrae de minerales y salmueras, se refina en plantas de alto consumo energético y se envía por todo el mundo.

Una de las principales fuentes de roca dura es un mineral llamado espodumena. Durante el procesado, se extrae el litio, dejando un residuo cristalino conocido como β‑espodumena deslitificada, a menudo abreviado como DβS.

Este residuo es polvoriento, voluminoso y, hasta ahora, básicamente indeseado. Las empresas lo almacenan en montones, lo entierran en balsas de estériles o pagan por gestionarlo como residuo industrial.

Los investigadores sostienen que la DβS no tiene por qué ser un material problemático: puede actuar como un ingrediente útil en nuevos tipos de hormigón de bajas emisiones.

El equipo australiano ha demostrado que, al incorporarse a un tipo específico de hormigón sin cemento llamado geopolímero, la DβS se comporta no como una molestia, sino como un activo.

Cómo funciona en realidad el “hormigón con residuos de baterías”

Los geopolímeros son aglutinantes que prescinden por completo del cemento Portland. En su lugar, usan subproductos industriales como cenizas volantes o escoria de alto horno, activados con soluciones alcalinas para formar una matriz endurecida similar a la piedra.

El grupo de Gholampour experimentó sustituyendo parte de esos ingredientes tradicionales por DβS.

  • Mezclaron β‑espodumena deslitificada en una formulación geopolimérica.
  • Ajustaron la proporción de activadores alcalinos para desencadenar las reacciones químicas adecuadas.
  • Curaron el material a temperatura ambiente para imitar condiciones reales de obra.
  • Evaluaron resistencia, durabilidad y microestructura en laboratorio.

Los resultados sugieren que la DβS puede sustituir ciertos aditivos comunes, como las cenizas volantes, que a menudo proceden de centrales de carbón y arrastran su propia huella de contaminación.

En algunas formulaciones, el geopolímero basado en DβS superó a mezclas estándar de hormigón en resistencia mecánica y mostró una durabilidad prometedora a largo plazo.

Los primeros ensayos indican que un geopolímero de DβS puede igualar o incluso superar al hormigón convencional, apoyándose en una corriente de residuos que crecerá con la industria de las baterías.

Por qué esto podría cambiar el impacto climático del hormigón

Este enfoque aborda a la vez dos dolores de cabeza ambientales: la huella del hormigón y el legado de la minería del litio.

De la extracción lineal a la construcción circular

Hoy, el hormigón depende en gran medida de materias primas vírgenes. La caliza, la arcilla, la arena y la grava se extraen en canteras a una escala masiva. El sector consume cerca de un tercio de todos los recursos no renovables utilizados en la construcción a nivel mundial.

Al mismo tiempo, la minería del litio deja tras de sí montañas de residuos minerales como la DβS, que pueden suponer riesgos si lixivian hacia el suelo y el agua.

Al incorporar residuos del litio en la producción de hormigón, los investigadores esbozan una economía más circular:

  • Menor presión sobre las canteras, porque parte de la demanda de materiales se cubre con subproductos industriales.
  • Menos residuos almacenados o enterrados en emplazamientos de litio, reduciendo pasivos ambientales a largo plazo.
  • Menor CO₂ total por metro cúbico de hormigón, gracias a geopolímeros sin cemento y a la sustitución de ingredientes con alta carga de carbono.

El momento es relevante. La demanda global de litio se está disparando a medida que los gobiernos impulsan los vehículos eléctricos y las baterías a gran escala. Eso significa más refinado de litio y más DβS.

Si el sector de la construcción puede absorber este material a gran escala, el crecimiento del mercado de baterías podría apoyar indirectamente ciudades e infraestructuras con menos carbono.

¿Para qué podría utilizarse este hormigón?

Los geopolímeros basados en laboratorio ya se usan en nichos como paneles prefabricados, bloques y elementos de infraestructura como tuberías o traviesas ferroviarias.

Las versiones mejoradas con DβS podrían seguir al principio rutas similares, orientándose a entornos controlados donde la calidad pueda supervisarse de cerca: elementos fabricados en planta, componentes modulares o proyectos emblemáticos específicos de bajo carbono.

Con el tiempo, si el rendimiento y la seguridad se mantienen sólidos, los ingenieros podrían especificar estas mezclas para:

  • edificios comerciales y residenciales de altura media,
  • firmes de carreteras y estructuras de aparcamientos,
  • muros de contención y defensas costeras,
  • obras públicas en regiones con minería activa de litio, reduciendo distancias de transporte.
Tipo de hormigón Aglutinante principal Perfil típico de CO₂ Recurso clave de entrada
Hormigón tradicional Cemento Portland Alto Caliza y arcilla de cantera
Geopolímero convencional Cenizas volantes / escoria Moderado a bajo Subproductos de la industria del carbón o del acero
Geopolímero con DβS Residuo del refinado de litio Bajo (en teoría) Residuos de β‑espodumena deslitificada

No es una panacea, pero sí un candidato serio

Escalar cualquier material de construcción nuevo conlleva retos. Los constructores necesitan consistencia. Los reguladores necesitan datos de seguridad. Los promotores quieren comparaciones claras de costes.

Los geopolímeros aún afrontan dudas sobre normas a largo plazo y disponibilidad global de ingredientes. La DβS añade sus propias incertidumbres, como variaciones de composición entre yacimientos y países.

Los investigadores tendrán que demostrar que las mezclas siguen siendo fiables con distintas fuentes de residuo, climas y aplicaciones estructurales. Eso implica años de ensayos, certificación y proyectos piloto.

Del banco de laboratorio a la obra, la prueba real será si este hormigón basado en residuos puede competir en precio, logística y confianza.

La economía podría jugar a su favor. Los productores de litio actualmente gastan dinero en gestionar la DβS. Si ese residuo adquiere un valor de mercado, convierte un coste en una fuente de ingresos, creando un incentivo para limpiarlo y estandarizarlo.

Para los fabricantes de hormigón, un suministro estable de aditivo barato podría compensar parte de las incertidumbres ligadas a las cenizas volantes procedentes del carbón, que previsiblemente disminuirán en muchas regiones a medida que los sistemas eléctricos se descarbonicen.

En contexto: otras formas en que la ciencia está “verdecendo” el hormigón

El estudio australiano se inscribe en una ola más amplia de innovación destinada a repensar cómo construimos.

De la autorreparación a los aglutinantes de base biológica

En todo el mundo, los laboratorios están probando conceptos inusuales que habrían sonado a ciencia ficción hace una década.

  • Biocemento basado en bacterias: microorganismos en polvo y desecados que, al mezclarse con agua, urea y calcio, precipitan calcita y, en la práctica, “hacen crecer” un aglutinante similar al cemento.
  • Hormigón autorreparable: mezclas que contienen cápsulas de enzimas u otros agentes que se activan cuando aparecen grietas, rellenando huecos y alargando la vida de la estructura.
  • Aditivos de residuos de madera: proyectos europeos que convierten residuos forestales en sustitutos del cemento, reduciendo la cantidad de clínker de altas emisiones necesaria en una mezcla.

Cada idea apunta a un aspecto distinto del problema: emisiones de producción, vida útil de las estructuras o las propias materias primas.

Términos clave para entender el cambio

Dos conceptos aparecen una y otra vez en estos debates y merece la pena aclararlos brevemente.

Geopolímero es un término para una clase de aglutinantes inorgánicos creados activando materiales aluminosilicáticos con soluciones alcalinas. En lugar de depender del proceso de clínker a alta temperatura, los geopolímeros forman una red endurecida a temperaturas mucho más bajas, lo que puede recortar emisiones si las materias primas de partida son de baja huella de carbono.

Clínker es el material nodular producido en hornos de cemento a alrededor de 1.450 °C. Cuando se muele y se mezcla con pequeñas cantidades de otros materiales, se convierte en cemento Portland. Las reacciones químicas que producen el clínker liberan grandes cantidades de CO₂ a partir de la caliza, por lo que reducir el contenido de clínker en el hormigón es una palanca climática importante.

Lo que esto podría significar para las obras del futuro

Imagina una mina de litio en Australia o en Europa. Camiones llevan mineral a una refinería, que envía litio de alta pureza para baterías. En lugar de dejar montones grises apagados de DβS tras la valla, la instalación ensaca y vende ese residuo a productores regionales de hormigón.

Cerca, una planta de prefabricados compra DβS, lo incorpora a su línea de geopolímeros y produce paneles para viviendas u obras de infraestructura etiquetados como de bajas emisiones. Los gobiernos locales, presionados para cumplir objetivos climáticos, empiezan a especificar estos materiales en las licitaciones.

El escenario no está garantizado. Depende de la regulación, del apetito del mercado y de la investigación continuada. Pero el principio es claro: la misma carrera por el litio que impulsa los coches eléctricos podría, si se gestiona con cuidado, transformar el hormigón bajo nuestros pies.

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