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Las células de tu madre permanecen en tu cuerpo toda la vida.

Joven observando una lámina con un microscopio, al lado de una foto de una mujer embarazada en un escritorio.

Dentro de la mayoría de nosotros, una diminuta población de células porta ADN que no es el nuestro, heredado no de nuestros padres del modo habitual, sino transmitido directamente de la madre al bebé a través de la placenta. Estas células «extrañas» no son rechazadas. Se instalan en los órganos, dialogan con el sistema inmunitario y pueden permanecer allí durante décadas. Los científicos apenas están empezando a reconstruir por qué el organismo permite que se queden y qué puede significar para nuestra salud ese legado celular de por vida.

Lo que realmente pasa de madre a bebé

El embarazo no es solo un flujo de nutrientes y oxígeno. También es un atasco de tráfico celular en dos direcciones. Las células pasan de la madre al feto y del feto de vuelta a la madre.

Los investigadores llaman a este fenómeno microquimerismo. El término procede de la quimera de la mitología griega, una criatura formada por partes de distintos animales. En biología, una microquimera es un organismo que contiene una pequeña fracción de células con un código genético diferente.

El microquimerismo materno se refiere, en concreto, a que un bebé conserva un pequeño número de células de su madre mucho tiempo después del nacimiento. Estas células se han detectado en niños, adolescentes e incluso en adultos mayores.

Los científicos estiman que aproximadamente una célula de cada millón en los tejidos de un niño puede proceder de la madre, aunque esas células están repartidas por muchos órganos.

Los estudios han encontrado células maternas en:

  • el hígado
  • el corazón
  • la piel
  • la sangre
  • incluso el cerebro

El tráfico también va en sentido contrario. Las mujeres embarazadas a menudo conservan células fetales en su propio cuerpo durante décadas tras dar a luz. Estas pueden encontrarse en la tiroides, los pulmones y otros órganos, coexistiendo silenciosamente con el tejido materno.

Células que no «pertenecen» pero no son atacadas

Esto plantea una enorme pregunta inmunológica. Nuestro sistema inmunitario está entrenado para detectar y destruir cualquier cosa que parezca ajena, desde virus hasta órganos trasplantados. Entonces, ¿por qué se toleran las células maternas en lugar de eliminarlas?

Investigaciones recientes en ratones, dirigidas por la inmunóloga Yanyan Peng y sus colegas y publicadas en la revista Immunity, apuntan a un proceso activo de educación que comienza antes del nacimiento. El sistema inmunitario del feto, todavía en construcción, parece entrenarse para aceptar células maternas específicas como seguras.

Los tutores inmunitarios: células maternas especializadas

Para entender este adiestramiento, los científicos modificaron genéticamente ratones de modo que pudieran eliminar de forma selectiva ciertos tipos de células inmunitarias maternas y observar qué ocurría. El foco se situó en un grupo de células marcado por dos proteínas de superficie: LysM y CD11c.

Estas células se originan en la médula ósea de la madre y se asemejan a células mieloides o dendríticas, que en humanos son mensajeros clave del sistema inmunitario. Cruzan la placenta al inicio del embarazo y establecen una vía directa de comunicación con el sistema inmunitario en desarrollo del feto.

Cuando estas células maternas LysM⁺ CD11c⁺ están presentes, el sistema inmunitario de la descendencia aprende que las células maternas son «lo bastante propias» como para ser respetadas.

En los experimentos, eliminar este pequeño subconjunto de células maternas desbarató todo el equilibrio. Las células T reguladoras, o Tregs -las pacificadoras del sistema inmunitario- descendieron de forma acusada. Sin suficientes Tregs, el organismo de la descendencia empezó a tratar de repente a las células maternas como invasoras y a atacarlas, desencadenando inflamación.

Esto sugiere que la tolerancia no es solo un efecto secundario pasivo del embarazo. Depende de un reparto pequeño pero poderoso de células inmunitarias maternas que instruyen activamente la red inmunitaria del feto.

Células T reguladoras: guardianas de la tolerancia

Las células T reguladoras merecen una mirada más de cerca porque están en el centro de esta historia. Estos glóbulos blancos ayudan a decidir qué respuestas inmunitarias siguen adelante y cuáles se suprimen. Evitan que el organismo se vuelva contra sí mismo.

Tipo de célula Función principal
Células T convencionales Atacan células infectadas o anómalas
Células T reguladoras (Tregs) Frenan reacciones inmunitarias y promueven tolerancia
Células similares a dendríticas (LysM⁺ CD11c⁺) Presentan información y enseñan a las células T qué deben tolerar

Cuando las células maternas similares a dendríticas interactúan con el sistema inmunitario fetal, lo impulsan a generar más Tregs. Esas Tregs transmiten un mensaje: las células maternas no son un enemigo. Pueden quedarse.

Cómo estas células ocultas podrían moldear la salud a lo largo de la vida

Las células microquiméricas no se limitan a estar ahí. Son activas, metabólicamente vivas, y pueden participar tanto en la curación como en el daño.

En algunos estudios, las células maternas aparecen en tejidos dañados y parecen participar en la reparación. Se han encontrado en tejido cicatricial y en órganos que se recuperan de lesiones. La idea es que las células maternas podrían integrarse en la arquitectura del tejido y ayudar a reconstruirlo.

Las células maternas podrían actuar un poco como una reserva interna de células con características similares a las madre, interviniendo cuando el tejido local está bajo estrés.

En la otra cara de la moneda, se han observado células maternas en lugares implicados en enfermedades autoinmunes. Trastornos como la diabetes tipo 1, ciertas enfermedades tiroideas y las enfermedades inflamatorias intestinales se han relacionado, en algunos pacientes, con niveles más altos de células microquiméricas.

Hay tres hipótesis principales para esta conexión:

  • Desencadenante: el sistema inmunitario ataca células maternas y daña el tejido circundante como daño colateral.
  • Víctima: las células maternas son espectadoras inocentes atrapadas en un ataque autoinmune más amplio.
  • Sanadora: las células maternas se desplazan a tejidos inflamados en un intento de repararlos.

La evidencia actual es dispar, y los tres papeles podrían existir en diferentes enfermedades o en distintas etapas de la vida.

Una frontera borrosa entre lo propio y lo ajeno

Una de las ideas más inquietantes que se desprenden del microquimerismo es filosófica tanto como biológica. Nos gusta pensar en el cuerpo como genéticamente uniforme y estrictamente «nuestro». El microquimerismo muestra que no es del todo cierto.

Desde las primeras etapas de la vida, cada uno de nosotros puede contener bolsillos de células que, genéticamente, pertenecen a otra persona. Estas células son aceptadas, reguladas y entretejidas en nuestra biología. El sistema inmunitario ayuda a redibujar la frontera entre lo propio y lo no propio para que esta pequeña población ajena encaje dentro de la definición de «yo».

Solo un subconjunto diminuto de células maternas parece ser directamente responsable de entrenar esta tolerancia. El resto podría estar realizando otras funciones por completo: quizá en la reparación tisular, en el moldeamiento del microbioma o incluso en aspectos sutiles del desarrollo cerebral. Por ahora, esos papeles son especulativos, pero empujan a los investigadores a replantearse supuestos arraigados sobre la identidad y la individualidad en biología.

Lo que esta investigación podría cambiar en medicina

Comprender el microquimerismo materno podría repercutir en campos médicos muy prácticos en las próximas décadas.

Enfermedad autoinmune e inflamación

Estudiar cómo se educan las Tregs durante la vida fetal podría orientar nuevas inmunoterapias. Si los científicos logran imitar las señales enviadas por las células maternas, quizá puedan reentrenar el sistema inmunitario en personas cuya tolerancia se ha roto, como ocurre en el lupus o la esclerosis múltiple.

También interesa saber si el nivel o el tipo de microquimerismo materno en la infancia predice el riesgo futuro de enfermedades autoinmunes. Los estudios de cohortes a largo plazo apenas están empezando a abordar esa cuestión.

Trasplantes de órganos y atención del embarazo

Los especialistas en trasplantes ya intentan inducir tolerancia hacia los órganos donados. La tolerancia natural que se observa entre madre e hijo ofrece un modelo. Si se pueden aprovechar las moléculas clave y los tipos celulares implicados en la tolerancia materno-fetal, las tasas de rechazo de trasplantes podrían disminuir.

En la atención del embarazo, una monitorización más estrecha de poblaciones de células inmunitarias como las Tregs y las células similares a dendríticas de origen materno podría ayudar algún día a identificar embarazos con mayor riesgo de complicaciones relacionadas con la inmunidad, incluida la preeclampsia o el aborto de repetición.

Términos y escenarios que facilitan entenderlo

Parte del lenguaje en torno a este tema puede parecer abstracto, así que ayudan algunas definiciones:

  • Microquimerismo: presencia de un pequeño número de células con un ADN diferente del resto del organismo.
  • Placenta: órgano que conecta a la madre y al feto, permitiendo el intercambio de componentes sanguíneos, nutrientes y células.
  • Médula ósea: tejido esponjoso dentro de los huesos donde se producen la mayoría de las células sanguíneas e inmunitarias.
  • Enfermedad autoinmune: trastorno en el que el sistema inmunitario ataca los propios tejidos del organismo.

Imaginemos a un niño hipotético con una proporción ligeramente mayor de células maternas en su páncreas, el órgano que produce insulina. Si ese niño desarrolla más tarde diabetes tipo 1, los científicos querrán saber: ¿confundió el sistema inmunitario tanto a las células maternas como a las pancreáticas como objetivos, acelerando el daño, o las células maternas fueron reclutadas tarde para ayudar a reparar un proceso autoinmune ya en marcha? Responder a preguntas así exige un seguimiento cuidadoso de las células microquiméricas a lo largo del tiempo.

También hay un ángulo psicológico y social. Algunos padres encuentran consuelo en la idea de que una parte literal de ellos vive en los órganos de su hijo y, a la inversa, de que una huella de su bebé permanece en su propio cuerpo. Para otros, la idea de que nuestros tejidos no sean enteramente «nuestros» puede resultar inquietante. Ambas reacciones ilustran hasta qué punto biología e identidad están vinculadas.

A medida que avanza la investigación, la presencia silenciosa de células maternas en nuestros cuerpos parece menos una curiosidad biológica y más una conversación prolongada entre generaciones, escrita no solo en genes, sino en células vivas, viajeras, que se niegan a dejar que la historia del embarazo termine en el nacimiento.

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